Gran parte de nuestros lectores son gente como uno. Otros piensan que son diferentes.En verdad tanto unos como otros tienen razón. Somos diferentes en nuestras propias identidades, pero compartimos el secreto no identificado de ser una unidad dentro de nuestra gran diversidad. Todos somos partes del uno. Y el uno forma parte de cada uno de nosotros.
Fernando Savater ha dicho que no vinimos al mundo, sino que vinimos al tiempo.Pero el tiempo igualmente no es el inexorable absoluto en el cual hemos creído siempre. El tiempo es una dimensión relativa de la cual tenemos conciencia los humanos, en la cual creemos que se encuentra resumida toda nuestra experiencia, toda nuestra vivencia. Pero el tiempo incluso, no deja de ser una perspectiva de la propia vida.
La vida en si misma, es un camino.Un camino lleno de accidentes, lleno de cambios.Un camino que transitamos, un camino que se encuentra allí para aprender de él, una peregrinación en la cual se generan aciertos y errores, situaciones que identificamos como problemas, ilusiones, sueños, decepciones, frustraciones, todas relacionadas con la forma como vemos la vida.
Las ideas que tenemos sobre las cosas son nuestra primera percepción de la realidad.Vemos primero a través de ese pensamiento. Si el pensamiento no está ordenado, tampoco lo estará nuestra visión. Platón decía que primero se formó el mundo de las ideas y luego el de la realidad. Vemos lo que pensamos.
Pero así como vemos lo que pensamos, asimismo nos ocurre lo que pensamos. Propiciamos con nuestro pensamiento nuestra realidad, la moldeamos a imagen y semejanza de lo que pensamos. Dentro de la infinita gama de sucesos posibles que nos puedan ocurrir, pensamos aquellos que hacen posible nuestra realidad.
Estamos en muchas partes a la vez, pero solo percibimos una. Apenas en nuestros sueños, accedemos a ese infinito de locaciones no conscientes que nos ayudan a comprender un poco mas de lo que somos y que no podemos ver. Hay un vasto universo dentro de nosotros, tan vasto y grande como el que tenemos fuera. Porque así como se proyecta el espacio, así lo hace el tiempo, dilatándose o contrayéndose, fuera y dentro de nosotros.
Todo es un asunto de vibraciones. De mensajes. De frecuencias que no sintonizamos, porque estamos habituados a no escuchar, a no observar, a no darnos un momento de paz para oir los maravillosos sonidos del inconmensurable espacio interior que desconocemos. La materia “danza”. Aún aquella que consideramos inanimada. Emite vibraciones, hablan a través de ellas. Pero la gran mayoría de nosotros no la percibe, porque no se ha educado para ello. Si tuviéramos fotorreceptores diferentes, pudiéramos percibir la luz que vemos como monótona en un maravilloso arco iris. Si tuviéramos oídos más sensibles, pudiéramos hasta escuchar las vibraciones de las piedras que consideramos sin animación. Todo eso es energía.
Emisiones de “fotones” generan una gran comunicación universal. Ponen en contacto la luz y la materia e intercambian contenidos.La física cuántica está allí, ha estado siempre a la espera de que nos diéramos cuenta de su existencia. Cuando damos algo a alguien, lo estamos haciendo con nosotros mismos. Cuando lo negamos, a quien negamos es a nuestro propio ser. Nuestra proyección física y nuestra acción son igualmente cuánticas, al igual que nuestras emociones que se traducen en reacciones bioquímicas en nuestro organismo. Cuando deseamos el bien a alguien, ese bien regresa multiplicado de bienestar a nosotros.Cuando deseamos el mal a alguien, ese mal lo regresamos a nosotros multiplicado de malestar.Porque todo inicialmente está en el pensamiento, donde se inicia todo lo que somos. Por eso, es que la educación cuántica debe tomar espacio para hacernos comprender la incertidumbre de Heissenberg y el gato negro de Schorodinger. Pero fundamentalmente para enseñarnos a comprender como trabaja el universo que se encuentra en cada uno de nosotros y poner a trabajar efectivamente sus conexiones con el mundo exterior que tambien es parte de nosotros.Porque todos somos uno.
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